Don Felicer Díaz Montenegro

fdiaz Pocos saben que antes de su ingreso a la Compañía, don Felicer Díaz Montenegro, había asistido casualmente al Cuartel de la Sexta en calle Santo Domingo pero que, debido a algún mal entendido, no había sido de su agrado la primera visita. No hubo entonces, curiosamente, “amor a primera vista” con la Compañía que ha sido su gran pasión y quizás, motivo de vida, por más de setenta años…la Sexta. Con el pasar de los meses, y como si el destino quisiera rectificar su error, don Felicer retorna al Cuartel pero, en esta nueva oportunidad, jura como voluntario de la Salvadores y Guardia de Propiedad, instancia a partir de la cual, consagrara su vida al servicio y a la perpetua asistencia de todos los actos del servicio. Situación última, reflejada en las miles de listas que obtenía cuando se aprobaban sus premios de constancias.


En la década del cuarenta, el joven Felicer, ocupaba una bicicleta para asistir a los actos a los que eran demandados los servicios de la Sexta. No debemos olvidar que en esos años, el automóvil, era un bien muy escaso y casi privativo para un joven que recién se iniciaba en el rubro del comercio de carnes y abarrotes. Pese a las dificultades, y la fuerte decisión de no integrar la Guardia Nocturna en donde sin dudas habría logrado más listas, el voluntario Díaz, comienza a liderar las listas de asistencias, a los actos del servicio tanto del día como de la noche, obteniendo una tras otra la primera antigüedad hasta el punto de ser, simplemente, inalcanzable en el puntaje para obtener el Premio de Asistencia.


Hombre de baja estatura, pigmentación rojiza, serio y de un fuertísimo carácter, con una disciplina casi religiosa, solía sentarse en un sillón estilo sitial en el living de su casa. Parecía que ni en la pasividad de su hogar en calle San Vicente esquina de Antofagasta, se debía relajar en esa férrea disciplina de estar atento a los tonos de llamados e incendios que anunciaba su radio ladrillo desde el velador de su cuarto. Don Felicer es más bien distante en las conversaciones con voluntarios jóvenes pero, entusiasta y apasionado con los hombres de su generación bomberil, sobre todo en el juego de “cachos” y en las cenas de los días Seis en donde, no podía negarse a las multitudes sextinas cuando vitoreando, le pedían cantara el tema: “Te quiero, Dijiste” (o muñequita linda), tan magistralmente interpretada por el célebre Carlos Ramírez, pero más aún, a mi muy modesto entender, por el extraordinario Alfredo Kraus.


En una oportunidad, “don Feli”, asistió a uno de tantos incendios. Estacionó su vieja camioneta Chevrolet en cuyo interior reposaban varios kilos de carne para asado encargados por un cliente. Don Felicer, quién hacía sus entregas en la vieja Chevrolet, se disponía a dejarlas cuando salió el incendio. Al percatarse del delicioso y contundente contenido de la camioneta, don Jorge Frankling Peirano y Juan “Gringo” Naguel, junto a otros voluntarios, haciendo gala de sus reconocidas experticias en idear, estructurar, coordinar y finalmente ejecutar bromas muy pesadas, obtuvieron las llaves del vehículo y, con autorización del Capitán, se invitó a toda la Compañía a un asado para esa tarde una vez terminado el incendio. Don Felicer, quién no se había percatado de la sustracción de su mercadería, fue el invitado de honor al banquete que tan gentil e inesperadamente organizaron algunos voluntarios de la Sexta. Interminables fueron las carcajadas del vulgo sextino cuando el “Feli” Díaz, terminado el banquete, agradecía la gentileza a los organizadores del improvisado asado “post amagus” (después del incendio) pero que ya era hora de retirarse, pues debía hacer una entrega de carne a uno de sus clientes.


Don Felicer Díaz Montenegro, que en su curriculum bomberil se anota además de varios cargos, el de Capitán y Director de la Sexta, resulta un ejemplo para los nuevos voluntarios en cuanto a la constancia y entrega absoluta al servicio bomberil que se debe tener al momento de ingresar a la Institución. En su larga trayectoria al servicio de la Sexta, y por ende a la Institución, reflejada en una impecable hoja de servicios, subrayo lo anterior; se permite ver como el compromiso que iniciara el día de su ingreso a la Sexta (en los primeros días de la década del cuarenta), se materializa con su apego a lo más básico que debe hacer un voluntario durante su vida bomberil: asistir y amar a la Institución.


A.P.S.

 

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