Adiós al gran Bombero: Felicer Díaz Montenegro (QEPD)

fdiaz 15 de julio de 2016. Corrían mediados de los 90´s. Era costumbre de los brigadieres ir a los incendios por esos años, sin importar la hora. Una oscura madrugada era iluminada por las llamas de un incendio en el antiguo cuarto cuartel. Las labores de los bomberos pronto dieron sus resultados y rápidamente se controlaba el fuego. Las escalas del noble pino oregón recubrían los muros de la añosa construcción de un piso. De pronto, algo inesperado: un joven y robusto voluntario de otra compañía de escalas quedaba inconsciente en el techo, había que bajarlo rápidamente. Opacado por lo poco vistoso de un uniforme negro antiguo, coronado por el antiguo casco BJ de fibra, aparecía un pequeño premio de 50 años montado en la cúspide de una contraficha de madera. Sobre él era depositado el cuerpo de aquel infortunado bombero accidentado. Con la lentitud y seguridad de un viejo de escalas, el héroe bajaba y ponía a buen resguardo al lesionado. No hubo vítores ni redes sociales para vanagloriar al antiguo sextino. Por esos años nada de eso existía. Ese sólo gesto, esa sola acción de don Felicer Díaz Montenegro era la más pura muestra de entrega absoluta a la causa bomberil, grabando para siempre en la memoria de quienes lo presenciamos, la imagen de gigante que este bajito voluntario por más de 50 años había forjado.

Así era don Feli, serio, comprometido, recto, asistió a todo mientras tuvo salud. Era impensable que don Felicer no fuera a un incendio o ejercicio. En los últimos años de su vida activa, quizás llegando a los 60 años de servicios, se encargaba hasta de armar focos. Siempre alejado de los honores y privilegios que su carrera bomberil y antigüedad imponían al resto, don Felicer era claro ejemplo de que el servicio es el servicio.

Don Felicer, quien debe haber bordeado el metro sesenta de altura, construyó una catedral gótica en torno a su figura, lo cual, en la tierra de gigantes que era la Sexta, fue una verdadera proeza. Rodeado de un Bustos, Wald, Carrasco, MacKay, Naverrete, Nagel y tantos otros que promediaban el metro ochenta y más, este pequeño voluntario logró sobresalir por sus especiales capacidades.

Nació en Santiago el 1 de noviembre de 1923. Ingresó a la Sexta el 14 de octubre de 1943, sirviendo ininterrumpidamente a la Sexta por casi 73 años. El año 2013 calificó su último premio de constancia por 70 años con 8.209 asistencias sobrantes. Ocupó los cargos de Director, Capitán, Teniente 1°, Teniente 2°, Teniente 3°, Maquinista, Consejero de Disciplina por más de 15 años, Miembro de la Comisión Revisora de Libros, Reemplazante de Capitán. Recibió el “Premio Especial de Asistencia” en 1954, por dos años de asistencias con CERO falta. Estuvo en el Cuadro de Honor del Cuerpo por su asistencia en innumerables ocasiones. Obtuvo el Premio de Asistencia de la Sexta “César Ercilla Olea”, también en varias oportunidades. Recibió la “Medalla de Hierro” de la Compañía el año 1969 en virtud a sus relevantes actuaciones en el Cuerpo y a su brillante Hoja de Servicios.

La Sexta hoy llora la partida de uno de los últimos grandes bomberos de incendio, ejemplo puro de un vecino comprometido con el servicio a la comunidad de Santiago. De la humildad de un ciudadano alejado de toda pompa, amante de su esposa y familia, a la grandeza de uno de los más grandes bomberos que la Sexta en sus 153 años haya conocido en sus filas. Bomberos como Felicer Díaz Montenegro, testigo de la época romántica del Cuerpo y de los hechos que marcaron el Santiago del siglo XX, ya no habrán nunca más. Para quienes tuvimos la fortuna de conocer su ejemplo, llegar a una fracción de su grandeza es impensado. Como desafío queda tratar de igualarlo, tratar de ser constante y disciplinado como don Felicer.

Hoy don Feli se ha ido, pero ya está en su cuartel. Su esencia está en cada rincón de la Sexta y por muchos años seguirá siendo ejemplo para las nuevas generaciones, porque lo que entregó con el ejemplo es imborrable. No nos queda más que acompañarlo, ya que es la única forma, junto con su recuerdo infinito, de agradecer a él y a su familia por todas las horas de su vida que le entregó a la Guardia de Propiedad.

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